Despierto atento a renacer. Aunque no lo piense ni lo estampe en mi remera. Es un mecanismo simple. Emerge del silencio. Desde hace años, sucede que sea cual fuera la postura que tenga ante la celebración de la Navidad, la tendencia general de todo mi ser apunta al silencio. (De hecho, al enajenarme del ruido, el 24 suele ser un día en el cual el mensaje del mundo de la inspiración llega claro para compartirme nutridas ideas: es decir, compongo más de lo habitual). Del silencio al mate, a la guitarra, al saludo a lxs amigxs. Del silencio a la huerta, a las compras de último momento y a diagramar la mejor estrategia para que mi gato también tenga una noche de paz. Transcurre la tarde, todo toma otro ritmo, miro quizás a otra velocidad. Vienen fotos imaginarias de viejas celebraciones y con ellas los que abandonaron ya la forma esa que la foto muestra: Mi papá, mi mamá y mis abuelos. Lo que amé de ellos no se perdió ni se transformó un ápice; no estaba sólo en sus cuerpos ni en sus voc...
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