Todo es tan relativo. A veces lo que hoy es una mala noticia, una pálida, puede mañana ser la base impensada donde se asiente un futuro creativo y luminoso... ¿O no?
El automatismo moderno me halla de pie preguntándome el porqué del bus que no llegó a la hora que llega cada día. Mientras, voy y vuelvo los tres pasos que separan el cordón de la vereda del centro del asfalto; punto que permite alzar el cuello y llevar al máximo la visibilidad en busca de una luz verde o roja que, a lo lejos, anticipe que solo se trataba de un retraso. Eso también es automático. Las cuatro esquinas, encima mío, están atadas entre sí por un sinnúmero de cables de distintos tamaños que se cruzan sin concierto. Impulsos en todas las direcciones. Vuelvo contrayéndome en mí mismo en ofrenda a este amanecer casi otoñal aunque sea enero. Desde algún sitio invisible más allá, el canto de un pájaro parece haber colmado el universo. Y no es uno. Los pájaros están ahí. No importa mi ritual de espera, ni que me interese en las gamas de color de cada cielo de cada mañana. Ni que haga el intrincado mapa en que se representan la necesidad de trabajo, el tiempo que día a día con...
Más de una vez me vi asintiendo ante un nombre pronunciado, sin saber a ciencia cierta de quién se trataba. Sin embargo, esa vez (aunque asentí como siempre) busqué inmediatamente información sobre el tal Carl Sagan y su obra maestra Cosmos. Sólo el primer episodio de esa serie me llevó a un viaje de alcances impensados. Tuve la sensación de no estar en mi cuerpo que, para entonces, parecía haberse disuelto en la trama matriz del universo. Ante tales situaciones la ciencia se vuelve incierta. Las décadas invertidas en un bachiller biológico y la facultad de odontología, mi conocimiento de frente y revés de la célula, los órganos y las funciones, de las expresiones más misteriosas del cuerpo como el dolor y la enfermedad; toda esa arcilla cohesionada en un individuo acababa de disolverse. Creo recordar que, absortos en el espacio exterior, buscamos fundir los cuerpos (la comunión del amor da incomprensible sosiego al dilema de la diso...
OCTUBRE 2008 Gracias a J.García Hurtado por impulsarme a los caminos. Casi dos semanas pasé preguntándome cuál sería la razón por la que uno puede amar un lugar sin conocerlo conscientemente, simplemente por haber nacido en él. Llegué a concluir, después de haber debatido conmigo mismo (como siempre hago) que uno se graba por siempre el sabor del aire que primero llena sus pulmones. Hoy, mi hermano Hernán me señaló, no sin razón, que la solución puede ser más sencilla: Uno nace en un lugar y quiere volver. Casi un "porque sí". Hernán fue mi compañero elegido de viaje; Berto y Lilián quienes me invitaron a volver tras veintinueve años y diez meses de haber abandonado, incapaz entonces siquiera de recuerdo alguno, mi primer casa en Alpachiri y mi ciudad natal Guatraché; ambas en el partido de Guatraché, en la provincia de La Pampa, centro-sud de Argentina. Ciudades de campo, las que (dicen) mueven al país, se suceden unas tras otras mientras la amenaza climatológica crece. Colu...
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